Chile lidera LATAM en IA con una política que suena a Silicon Valley

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Chile ocupa el primer lugar en el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial. Tiene 177 acciones comprometidas en su Política Nacional de IA, distribuidas entre 14 ministerios. Participó en el comité organizador de la Cumbre de Acción sobre IA de París en febrero de 2025. Y mientras el resto de América Latina debatía si la IA era una oportunidad o una amenaza, el gobierno de Boric ya tenía su hoja de ruta publicada desde 2021 y actualizada en mayo de 2024.

Nada de eso es accidental. Pero tampoco es neutro.

La política de IA del Estado chileno fue diseñada desde adentro del mundo tech — por una ministra que pasó por Oracle, Amazon y la presidencia del comité digital de CORFO — y lleva impresa la lógica de ese mundo: moverse rápido, adoptar antes que los demás, y medir el éxito en rankings de eficiencia. Que Chile lidere LATAM en IA puede ser un logro legítimo. Pero la pregunta que esa política rara vez se hace es: ¿liderazgo para qué, y para quién?

¿Qué construyó Etcheverry exactamente?

Aisén Etcheverry llegó al Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación en agosto de 2023, cuando el gobierno de Boric buscaba impulso para su segundo año. Antes había presidido el Consejo Nacional de Ciencia, encabezado el comité de transformación digital de CORFO y dirigido la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). Un perfil que combinaba política científica con ecosistema de innovación — exactamente el tipo de perfil que diseña política tech con mentalidad de ecosistema, no de burocracia civil.

En mayo de 2024 presentó la versión actualizada de la Política Nacional de Inteligencia Artificial: 177 acciones comprometidas, 100 de las cuales debían ejecutarse durante el gobierno Boric (antes de marzo de 2026), con seguimiento semestral de 14 ministerios. El anuncio fue en el Patio de Las Camelias del Palacio de La Moneda, con la directora general de la UNESCO presente. El framing era explícito desde el primer párrafo: “A diferencia de lo que pasó con otras olas de transformación, esta vez Chile no se sienta a esperar: Chile decide ser protagonista.”

Un lenguaje perfectamente coherente con la cultura startup. Inusual en un documento de política pública.

La lógica startup aplicada al Estado

No hay nada intrínsecamente malo en que una política pública tenga ambición y velocidad. El problema surge cuando la lógica de “escalar rápido” llega al Estado sin adaptarse a lo que el Estado es: una institución con responsabilidades universales, con ciudadanos que no pueden hacer churn y con consecuencias que no se pueden deshacer con un rollback.

La Política Nacional de IA chilena tiene virtudes reales: es participativa (300 personas presenciales, 600 respuestas online, metodología RAM de UNESCO), incluye ejes de inclusión y no discriminación, y aborda dimensiones medioambientales y de infancia. Pero su arquitectura de fondo sigue siendo la del mundo tech: métricas de adopción como indicador de éxito, Chile como “referente” que otros deben imitar, y el supuesto implícito de que la eficiencia operativa del Estado mejora automáticamente cuando se incorpora IA.

Ese es el modelo startup aplicado a lo público: resultados medibles, benchmarks internacionales, narrativa del “primer lugar en LATAM” como validación. Lo que ese modelo no pregunta — lo que un Estado democrático sí debería preguntarse — es si la velocidad de adopción es compatible con los tiempos de la deliberación; si las herramientas de IA reproducen sesgos ya existentes en los datos del Estado; o si los más de 100 servicios públicos que “ya están aplicando IA” tienen capacidad real de auditar lo que usan.

No son preguntas contra la adopción. Son preguntas que la adopción debería responder antes de escalar.

El proyecto de ley que viene detrás

La política ejecutiva no existe sola. Mientras Etcheverry avanzaba con la hoja de ruta del Ejecutivo, en el Congreso tomaba forma el Boletín 16821-19: el proyecto de ley que intenta construir el marco regulatorio de IA para toda LATAM. Cuatro niveles de riesgo, un sandbox de innovación, y alineación explícita con la EU AI Act — pero con énfasis deliberado en no frenar la inversión.

La política y la ley juntas construyen un marco donde el Estado es, simultáneamente, el primer adoptante, el facilitador del ecosistema y el eventual regulador. Esa triple función no es imposible de gestionar, pero requiere separación institucional y conciencia explícita de los conflictos de interés. Un gobierno que diseña la política de adopción, impulsa el financiamiento sectorial y también regula el uso de IA tiene incentivos cruzados que valen la pena nombrar.

Etcheverry ya no está — la política sí

En julio de 2025, Etcheverry dejó el ministerio. La reemplazó Aldo Valle, ex rector de la Universidad Austral, con un perfil más académico y menos ligado al ecosistema tech. En enero de 2026, la exministra asumió como jefa de asesores en La Moneda — señal de que su influencia no desapareció, sino que migró hacia otro lugar del aparato estatal.

Lo que permanece es la política: los 177 compromisos, el CENIA (Centro Nacional de Inteligencia Artificial) funcionando, Chile en el comité del GPAI (la Alianza Global sobre IA que reúne a 44 países OCDE), y el presupuesto en I+D que llegó al 0,41% del PIB — un salto histórico. El armazón que se construyó durante la gestión de Etcheverry sigue operando bajo una nueva conducción.

Para comparar, modelos como el acuerdo de Anthropic con Ruanda — enfocado en salud, educación y gobierno — muestran un camino alternativo: la adopción IA estatal anclada en sectores con impacto directo en bienestar, no en indicadores de ecosistema. No es el único modelo posible, pero ilustra que no hay una sola forma de construir capacidad IA en el Estado.

Por qué importa

América Latina está en un momento en que la mayoría de los gobiernos todavía decide cómo aproximarse a la IA. Chile tiene una ventaja comparativa real: años de política activa, institucionalidad construida, participación en foros multilaterales y un proceso legislativo en marcha. Ese capital es genuino y vale reconocerlo.

Pero el modelo chileno también lleva una advertencia integrada: cuando la política pública se diseña desde dentro de un ecosistema determinado, tiende a reproducir sus supuestos sin nombrarlos. El mundo tech tiene grandes virtudes para innovar. Tiene más dificultades para garantizar universalidad, rendición de cuentas y protección de quienes no pueden “no adoptar” lo que el Estado implementa.

Chile lidera LATAM en IA. La pregunta que sigue abierta — y que el cambio de ministra no resuelve por sí solo — es si ese liderazgo está al servicio del Estado, o si el Estado está al servicio de ese liderazgo.


Fuentes

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