Esta semana se cerró un ciclo en xAI. Manuel Kroiss, uno de los cofundadores originales, anunció su salida de la compañía de inteligencia artificial de Elon Musk, convirtiéndose en el último fundador en abandonar el proyecto. Con su partida, de los 11 cofundadores que lanzaron xAI en 2023, ya no queda ninguno —además del propio Musk. El número importa menos que lo que revela sobre cómo Musk construye, y destruye, equipos fundacionales.
El éxodo en detalle
El patrón viene de lejos pero se aceleró en 2026. En febrero, Tony Wu fue el primero del año en irse. En marzo, Zihang Dai y Guodong Zhang dejaron la compañía en el mismo ciclo. Esta semana, Kroiss. Musk respondió en X admitiendo que xAI necesita ser “reconstruida” —una declaración extraordinariamente honesta, o estratégicamente calculada, viniendo del CEO de la empresa.
No es el primer rodeo de Musk con cofundadores que se van. En OpenAI, su salida del directorio en 2018 vino acompañada de tensiones sobre la dirección del proyecto. En Tesla, varios de los co-fundadores originales —entre ellos Martin Eberhard y Marc Tarpenning— salieron en los primeros años bajo circunstancias conflictivas. En SpaceX, la empresa más exitosa del portafolio Musk, el equipo fundacional está casi íntegramente compuesto por personas que él no cofundó: las contrató y les dio ownership cultural, no equity fundacional.
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👥 Únete gratis 🚀¿Qué explica la salida en cascada?
Hay tres lecturas posibles, y probablemente las tres son ciertas en distintas proporciones:
La tesis de la visión irreconciliable. xAI fue fundada en 2023 con un propósito explícitamente diferenciador: construir una IA “máximamente curiosa sobre el universo” en contraste con las IA “seguras” de Anthropic o la dirección comercial de OpenAI. Ese argumento se fue diluyendo a medida que Grok —el modelo de xAI— se convirtió en una herramienta de X (Twitter), con casos de uso cada vez más alineados a la red social y cada vez menos al proyecto intelectual original. Para investigadores que firmaron por la misión amplia, eso puede haber roto el contrato implícito.
La tesis del control absoluto. Musk tiene un patrón documentado de centralización de decisiones que eventualmente genera fricción con cofundadores que asumen que tendrán autonomía real. Cuando la empresa crece y las decisiones estratégicas se concentran en una persona, los fundadores que no son esa persona enfrentan una elección: subordinarse o irse. Es el mismo patrón que llevó a tensiones en OpenAI, donde Ilya Sutskever, coarquitecto técnico de la empresa, terminó saliendo.
La tesis del mercado laboral. Los investigadores de IA de nivel cofundador son el recurso más escaso del sector. Cualquiera de los exfundadores de xAI puede levantar capital propio para un laboratorio nuevo, unirse a un competidor con valoraciones récord, o crear su propia startup con el sello “exfundador de xAI” como credencial. Reflection AI, fundada por exinvestigadores de DeepMind con respaldo de Nvidia, es el ejemplo más reciente de cómo se monetiza esa marca. El costo de irse es estructuralmente bajo.
¿Qué pierde xAI?
La respuesta honesta es: depende de quién controlaba qué. En startups de IA, el capital humano fundacional a menudo se organiza alrededor de contribuciones técnicas muy específicas: alguien desarrolló la arquitectura de preentrenamiento, alguien lideró el RLHF, alguien construyó la infraestructura de evaluación. Si esas personas se van llevando ese conocimiento —y eventualmente lo aplican en otro lugar— el costo es real aunque no visible en el corto plazo.
Lo que es más difícil de reemplazar no es el conocimiento en sí, sino el contexto acumulado: las decisiones que se tomaron, por qué se tomaron así, qué se descartó y por qué. Ese conocimiento vive en las personas, no en los repositorios. La empresa más afectada por la pérdida de memoria institucional no es la que pierde un ejecutivo; es la que pierde a los arquitectos de las decisiones fundacionales.
En la industria de la IA, el tema de la concentración de talento y la fragmentación de equipos tiene consecuencias que van más allá de las startups individuales. La fractura geopolítica en la ciencia de IA ya está redistribuyendo talento entre laboratorios y geografías de formas que hace tres años eran impensables.
El patrón más amplio
El caso xAI no es una anomalía: es una aceleración. La industria de IA en 2025-2026 vive una bifurcación entre dos modelos organizacionales:
Por un lado, las grandes empresas tecnológicas (Google, Meta, Microsoft/OpenAI) que integran talento de IA en estructuras corporativas tradicionales, con jerarquías claras y compensación en equity de empresas ya maduras. Por otro, los laboratorios independientes de nueva generación —Anthropic, xAI, Mistral, Reflection— que usan el modelo cofundador para atraer talento de élite con promesas de misión y ownership.
El problema es que el modelo cofundador funciona en la fase de arranque, pero escala mal cuando las decisiones estratégicas se concentran en el CEO-fundador-inversor. Los cofundadores que llegaron por la promesa de co-construcción descubren que, en la práctica, son empleados muy bien pagados con título honorífico. Para algunos eso es suficiente. Para los que vinieron por otra cosa, no.
Por qué importa
xAI no va a desaparecer por esto. Tiene capital, tiene Grok con millones de usuarios en X, y tiene el respaldo de uno de los empresarios más conocidos del mundo. Pero la narrativa de “alternativa a OpenAI fundada por investigadores que discrepan con el establishment” se ha erosionado. Lo que queda es otra gran apuesta de Musk en IA, financiada con el ecosistema de X.
Para los founders que siguen la industria: el caso xAI es un recordatorio de que la alineación fundacional no se resuelve con vesting schedules ni con titulaciones de cofundador. Se resuelve siendo explícito, desde el día uno, sobre quién toma las decisiones cuando hay desacuerdo real. En startups de IA —donde la visión técnica y la visión estratégica están profundamente entrelazadas— esa conversación es demasiado importante para dejarla implícita.

